La Escuela (por Francisco Jiménez Sánchez)

Tenía seis años cuando entré por primera vez en la escuela de la Colonia Iberia. Lo recuerdo como si fuera hoy. Por fin, me había hecho mayor.O eso pensábamos nosotros, porque en la colonia ir a la escuela marcaba un punto de inflexión: era dar el salto que te permitía pasar de niño a mayor.

Todos entrábamos a la misma edad y salíamos con 14 años. Muchos, listos para pasar a engrosar la nómina de trabajadores de La Fábrica como aprendices. Otros, preparados para estudiar bachiller o formación profesional en Aranjuez. Al principio, había solo dos aulas y dos maestros: D. Rafael, el de los chicos, y Doña Evelia, que enseñaba a las chicas. Con el paso de los años y el incremento de alumnos, hubo que ampliar las clases y se incorporaron dos nuevas maestras: Meme y Paqui. Antes y después pasaron por allí otros profesionales de la docencia que dejaron una huella imborrable en nuestros recuerdos y en nuestra formación.

En la escuela vivíamos como mediopensionistas, es decir, estábamos allí todo el día y volvíamos a nuestras casas por la tarde. Allí estudiábamos, jugábamos, desayunábamos, comíamos y merendábamos. ¿Quién no se acuerda del vaso de leche en polvo, el trozo de pan y la onza de chocolate para merendar?…. ¿Y cuando después pasamos a la botella de leche pasteurizada? ¡Qué cosa más moderna nos parecía aquello de la leche de botella!

Recuerdo con ternura la ilusión que nos hacía salir de excursión y los nervios de la víspera preparando el viaje y comentando con los compañeros lo que íbamos a hacer El viaje en autobús ya era de por sí motivo de alborozo, pues tampoco teníamos tantas oportunidades de salir de la colonia. Ir a El Escorial era ya un viajazo… O a Navacerrada y a tantos otros sitios que pudimos visitar gracias a esas excursiones de “todo un día” Después del viaje llegábamos todos derrotados. El trayecto era muy largo, o al menos eso nos parecía, y el autobús… Pues eso, era de los de antes, de los que no pasaban de los 60 kilómetros por hora. A la edad de siete u ocho años nos preparaban para la Primera Comunión. ¡Cuántos niños comulgamos en la colonia! Recuerdo que ese día era de mucho recogimiento.

Dábamos un paso muy importante en nuestras vidas. Si con la entrada en la escuela ya creíamos que nos hacíamos mayores, con la Comunión el salto era mucho mayor. Sin embargo, y a pesar de los sentimientos de recogimiento, responsabilidad y compromiso que nos embargaban con la Primera Comunión, yo recuerdo sobre todo lo rico que estaba el chocolate con bizcocho que nos dieron en el comedor escolar ese día.

No quiero dejar pasar la oportunidad de mencionar la guardería infantil. Era algo modernísimo para la época. No había ninguna en kilómetros a la redonda y en general en España las guarderías no se estilaban. La nuestra la dirigía Mª Teresa Avilés y allí se aprendían las primeras letras, se pintaba y se jugaba.

  •  Francisco Jiménez Sánchez
Extraído del libro “100 años de la Fábrica de Castillejo”
(
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